Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid

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La certeza de lo ocurrido aquel día no me ha dejado

A la pregunta de por qué soy sacerdote podría responder con una sencilla frase: Porque Jesús de Nazaret, el Señor, me llamó a serlo.  Antes de recibir el sacramento de la confirmación, mi vida de fe no era muy significativa: una pequeña oración por la noche, tal como me había enseñado mi madre y la participación en la misa dominical, habitualmente con mi padre. Pero después de hacer la confirmación, sin saber muy bien por qué, continué asistiendo a la parroquia del Stmo. Cristo del Amparo (Ahora de Cristo Sacerdote). .

Allí me sentía querido y acogido. En algunas ocasiones, en la acción de gracias posterior a la misa, recordando la figura del párroco escuchaba como un susurro en el corazón: ¿Por qué no eres sacerdote? Pero la quitaba rápidamente de la cabeza con multitud de excusas. Y, por supuesto, ni se me ocurría comentarlo con nadie, y menos con el sacerdote, pues estaba seguro de que si lo decía, me “echarían el lazo”. Por aquella época comencé los estudios de Empresariales en la U. Complutense de Madrid. Allí conocí un grupo de amigos con el que lo pasaba muy bien; día y noche juntos, riendo y haciendo mil cosas. Además, en este grupo conocí una chica de la que me empecé a enamorar. El tiempo de la carrera pasaba y mi vida se dividía en dos. De lunes a sábado estaba casi todo el tiempo con mis amigos. Sin embargo, el domingo no podía dejar de levantarme temprano  e ir, con mis hermanos, a la parroquia, dónde respondía con gusto a lo que se me pedía: catequesis, participación en el coro, Caritas y los inicios de un grupo de jóvenes de Acción Católica. Ambos mundos me atraían por igual y, aunque a veces las pequeñas llamadas al sacerdocio volvían, no me atrevía a decir que sí. Estando en esta situación, al terminar el tercer curso, una situación me hizo ver que mi relación con esta chica no era posible. Se me partió el corazón y en aquel momento volvió con mucha fuerza la llamada al sacerdocio. Ahora no me quedaban excusas. Pero mi respuesta fue «NO».

Realmente no quería ser sacerdote. Lleno de prejuicios y desconocimiento, me daba mucho miedo ser sacerdote y, por eso, había ido alargando la respuesta. Me identificaba en ese momento con aquel joven que con el corazón apegado al mundo no se atrevió a dar un paso, dejarlo todo y seguir al Señor. Aunque yo creía que podría seguir a Jesucristo de otras maneras, al mismo tiempo temía que Él me dejase.

Ese mismo verano se me invitó a participar en un curso de verano con los jóvenes de la Acción Católica y acepté. Allí encontré un grupo grande de jóvenes, con sacerdotes y seminaristas, en un ambiente de mucha alegría, formación y oración. Yo recibía un curso sobre Jesús de Nazaret y allí conocí un Jesús “histórico”, de carne y hueso, que había muerto por mí y que realmente había resucitado. La llamada al sacerdocio había desaparecido totalmente de mi cabeza. Pero un día, al volver de comulgar, la llamada volvió a mí como un rayo. Y para mi propia sorpresa, de mi corazón, esta vez salió un «SÍ». Estaba vencido, no me quedaba más remedio que aceptarlo y esto me llenaba a la vez de miedo y alegría. Si esta vez no seguía adelante no podría sentarme de nuevo delante de un sagrario. Venciendo todos mis miedos se lo conté al sacerdote que estaba dando el curso y no me “echó el lazo”, sino que me dijo que empezará un camino de discernimiento hablando con un sacerdote. Así lo hice y la certeza fue asentándose. La certeza de lo ocurrido aquel día no me ha dejado y lo que el Señor me ha dado al escoger a este pobre y mediocre hombre en su servicio es mucho más de lo que jamás pude imaginar.

Jesús Vidal Chamorro